Orlando Fals Borda: coherencia, verticalidad y creatividad

Orlando Fals Borda: coherencia, verticalidad y creatividad

En 1959, junto con Camilo Torres Restrepo, fundó la primera Facultad de Sociología de América Latina en la Universidad Nacional y fue su primer decano. Fue uno de los fundadores de la Investigación Acción Participativa (IAP), método de investigación cualitativa que pretende no sólo conocer las necesidades sociales de una comunidad, sino también agrupar esfuerzos para transformar la realidad con base en las necesidades sociales.

 

En 1959, junto con Camilo Torres Restrepo, fundó la primera Facultad de Sociología de América Latina en la Universidad Nacional y fue su primer decano.Fue uno de los fundadores de la Investigación Acción Participativa (IAP), método de investigación cualitativa que pretende no sólo conocer las necesidades sociales de una comunidad, sino también agrupar esfuerzos para transformar la realidad con base en las necesidades sociales.

Orlando Fals Borda siempre ha avanzado. Pero nunca ha cambiado su plan de vuelo intelectual y político.
Guillermo Flórez P.

Arriesgando la palabra, uno de sus discípulos escribió un emotivo perfil del sociólogo que murió hoy a sus 82 años con la reedición de la obra La violencia en Colombia, piedra angular para la comprensión de este tema, más que vigente.

Saúl Franco A.
Coordinador del Doctorado Interfacultades de Salud Pública

Conocí a Orlando Fals como muchos conocemos a nuestros mejores maestros: a través de un libro. Eran los comienzos de los años sesenta del siglo pasado, yo era un estudiante universitario en Medellín y él un decano exitoso y polémico de la recién creada Facultad de Sociología de la Universidad Nacional de Colombia en Bogotá. Y en uno de los “grupos de estudio”, que por entonces se multiplicaban en los medios académicos, leímos con sorpresa y entusiasmo La subversión en Colombia, una de sus primeras obras. Para mí fue un libro revelador y provocador. Fue el primer Fals Borda que percibí. Sin conocer su rostro ni su bondad sin límites, me hice uno más de sus discípulos a distancia, un lector juicioso de sus trabajos y un admirador de su verticalidad y coherencia eternas.

Confieso que para entonces el tema de la violencia no era todavía el objeto de mi pensamiento ni mi campo de investigación. Pero tengo un claro recuerdo del tsunami político -con oleajes arrasadores de intolerancia religiosa, clasista y académica- que se desató en el país con la publicación, en junio de 1962, de la Monografía No. 17 de la Facultad de Sociología, titulada La violencia en Colombia y producida por Monseñor Germán Guzmán Campos, el sociólogo Orlando Fals Borda y el abogado Eduardo Umaña Luna. Si bien el blanco de los ataques fue Monseñor Guzmán por su carácter de sacerdote católico, el joven sociólogo no escapó al oleaje y desde el periódico El Siglo se llegó a sugerir el 5 de octubre del mismo año que no deberían admitirse decanos protestantes en la Universidad Nacional.

Coincido con todos los estudiosos de la violencia colombiana en reconocer la obra de estos tres autores como la piedra angular de los estudios sobre el tema; como el momento de la conversión de la violencia colombiana en un objeto de pensamiento, de investigación y de acción, y como la primera convocatoria pública a mirarnos en el espejo de la realidad sin los maquillajes aplicados por los medios y la inconciencia colectiva. El propio Fals Borda calificó hace poco el libro como “un angustiado grito de denuncia y atención”. Y es vergonzoso para mí tener que reconocer hoy que tardé más de tres décadas en comprender que la intolerancia conforma, con la inequidad creciente y la impunidad rampante, el triángulo explicativo estructural de nuestras violencias pasadas y presentes.

Si bien como todo buscador de explicaciones de las realidades, el profesor Fals Borda ha recorrido este país entero y muchos otros países del mundo, pero su epicentro ha sido siempre la Universidad Nacional de Colombia. Desde aquí ha emprendido casi todas sus empresas intelectuales y políticas y ha ejercido un magisterio universalmente reconocido. Porque podemos arriesgar una primera afirmación: en el fondo, Fals es esencialmente un Maestro. Más cercano a la academia socrática que a las presentaciones en Power Point. Más amigo de conversar y debatir que de dictar cátedra. Más adepto a la universalidad del saber que a la ultraespecialización tecnocrática. Más preocupado por transformar la realidad que por lucirse en la demostración abstracta. Y mucho más interesado en hacer llegar su saber a los excluidos que en ganarse con él la simpatía de los excluyentes. Un maestro que no se hizo con el primer hervor de su sociología de Minnesota y su Ph.D. de la Florida a comienzos de los años cincuenta, sino que se fue perfilando lentamente con sus investigaciones entre los campesinos del altiplano cundiboyacense; con la búsqueda explicativa de ancestros e identidades en su Historia doble de la costa; con su aporte internacionalmente reconocido en la configuración y aplicación de la investigaciónacción participativa; y con sus muchos años de enseñanza directa que culminó a principios de los años noventa, siendo el árbol tutelar del Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales (Iepri) en su mejor momento de producción y compromiso. Fue entonces cuando la vida me dio la oportunidad de tenerlo más cerca y de asimilar mejor no solo su inagotable magisterio académico sino también su cálido magisterio vital. Porque Fals es sobre todo un maestro de la vida, magisterio que ahora puede ejercer con ganada y sobrada autoridad desde el altísimo podio de los 80 años que ahora le celebramos.

Tres atributos

Como la palabra siempre es un riesgo, arriesgo en esta ocasión tres calificativos para seguirle la pista a la trayectoria de Orlando Fals Borda. Son ellos: coherencia, verticalidad y creatividad.

Coherencia en el pensamiento. Entre el pensamiento y la acción. Y entre el pensamiento, la acción y el sentimiento. Fals Borda siempre ha avanzado, pero nunca ha cambiado su plan de vuelo intelectual y político. Ha revisado, pero no ha renegado como tantos por puestos, fama o dinero. Uno puede estar o no de acuerdo con él en muchas cosas. Puede inclusive atacarlo en algunas, pero jamás puede señalarlo de contradictorio, ambiguo o traidor.

Como no se dedicó a repetir lo sabido, sino a buscar algo nuevo para explicar lo cotidiano. Como no se asumió de la élite, sino que se apersonó de ser antiélite. Como no se prestó para mantener lo establecido, sino que desde temprano le apostó a la subversión de valores, verdades y estructuras, le tocó y asumió la verticalidad como arma. Por eso ni se amilanó con las críticas a su primera gran obra colectiva, ni se calló ante los poderes de turno, ni ocultó nunca sus preferencias políticas, ni pasó inadvertido en la Asamblea Constituyente de 1991.

Y si la suprema especificidad humana es la creatividad, el maestro Fals Borda es un ejemplar sobresaliente de humanidad. Ha creado música, libros, conceptos, métodos, centros académicos, movimientos y plataformas políticas, afectos, amores, escuela, antiescuela. Podríamos inclusive arriesgar una última afirmación: Fals es un creador, es decir, un ser humano superior. Y como los creadores nos sorprenden siempre, a comienzos de este año nos sorprendió y enriqueció con el vigoroso prólogo de la nueva edición de La violencia en Colombia de la Editorial Taurus. Allí, en lo que podría constituir el primer capítulo de su testamento político e intelectual, y reafirmando la trilogía de coherencia, verticalidad y creatividad, nos dice: “Creo que el nuevo ethos humanista y no violento del socialismo autóctono, que es el paradigma de la apertura, la participación, la tolerancia y la paz, podría resolver por fin nuestro conflicto de medio siglo, y abrir un futuro satisfactorio para las próximas generaciones de colombianos. No veo otro camino cierto y recto”.

Hace 23 años, al despedir de su actividad académica en la Universidad de Antioquia a otro egresado de Minnesota, el también Maestro y luchador por la justicia y los Derechos Humanos, Héctor Abad Gómez, le dije algo propio que hoy creo poder decírselo también al Profesor Fals Borda: el sembrador siempre nace. Tranquilo entonces maestro y amigo que usted cada día va a estar renaciendo en cada uno de nosotros sus afortunados alumnos, en cada página de sus libros, en cada nota de sus canciones, en cada nueva empresa

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